El estrés en el trabajo (o el “síndrome de estar quemado”)

El estrés en el trabajo

El estrés laboral surge cuando las demandas del entorno laboral, de las dinámicas de trabajo o nuestras propias exigencias son mayores que la capacidad que (creemos) tenemos en ese momento para gestionarlas.

Aunque pueda haber momentos puntuales en los que el estrés sea elevado, cuando se mantiene en el tiempo, el malestar se convierte en un aviso de que necesitamos que algo cambie (dentro o fuera de nosotros). Algunos ejemplos de la información que nos transmite este malestar:

  • El entorno no facilita el autocuidado.
  • Hemos evolucionado profesionalmente pero nuestro rol no lo ha hecho.
  • Llevamos demasiado tiempo asumiendo responsabilidades que no nos corresponden.

Lo complejo es que solemos normalizar estas señales. Pensamos: “es lo que hay”, “todos están igual”, “no debería quejarme”, “tengo suerte de tener trabajo”. Sin embargo, mientras sostenemos estas ideas, el malestar continúa aumentando hasta que nos damos cuenta de que llevamos demasiado tiempo viviendo en modo supervivencia (y perdiéndonos otras cosas que también son importantes para nosotros/as).

Además, existen diferentes factores que pueden aumentar el riesgo de quemarse en el trabajo: ser joven (por la falta de experiencia), la elevada autoexigencia o el perfeccionismo, las condiciones laborales precarias (salarios bajos, sobrecarga, exceso de horas, falta de personal) o estar atravesando cambios vitales importantes como duelos, la crianza de nuestros/as hijos/as o un divorcio, entre otros (Quinceno y Alpi, 2007; Saborío-Morales y Hidalgo-Murillo, 2015). Por tanto, no es solo una cuestión individual, sino también de nuestro contexto.

Dado que el trabajo ocupa una parte importante de nuestra vida, cuando se convierte en una fuente constante de sufrimiento es habitual que aparezcan diferentes manifestaciones emocionales y físicas. La insatisfacción laboral suele ser solo la punta del iceberg:

• Agotamiento

El estrés prolongado genera un desgaste físico y mental. Pueden aparecer dificultades de concentración, sensación de no rendir, aislamiento social y síntomas físicos como insomnio, problemas gastrointestinales, migrañas, tensión muscular o cambios en el apetito. Expresiones frecuentes son: “estoy cansado/a todo el tiempo”, “no doy la talla”, “no estoy bien”.

• Despersonalización

Tras múltiples intentos de mejorar la situación sin éxito, pueden surgir frustración, impotencia y una actitud de desconexión. La persona empieza a funcionar en automático, disminuye su implicación y aumenta la irritabilidad, que puede reflejarse en la relación con compañeros o clientes.

• Desmotivación o falta de realización personal

El trabajo pierde significado. Lo que antes generaba interés o satisfacción pierde ahora su valor.

El miedo al cambio: una barrera frecuente

Incluso cuando somos conscientes de que algo no funciona, el cambio va de la mano de la incertidumbre, y generalmente no es una sensación agradable. El cambio implica asumir riesgos, tolerar dudas y enfrentarse a la posibilidad de equivocarse. Esto puede activar pensamientos como: “¿y si me arrepiento?”, “¿y si no soy suficiente para otro trabajo?”, “¿y si estoy exagerando?”, “¿y si lo nuevo es peor?”

El miedo al cambio no es un obstáculo en sí mismo, es un mecanismo de protección. Es cierto que existen circunstancias que dificultan la toma de decisiones (responsabilidades familiares, situación económica). Pero cuando no es el contexto el que limita, sino nuestros propios temores, podemos permanecer en entornos que ya no encajan con nosotros/as y esto también tiene un coste, y también puede dar mucho miedo…

No siempre la solución pasa por cambiar de trabajo. En algunos casos, es posible introducir ajustes en nuestro día a día que hagan el entorno más manejable. Otras veces, el cambio implica revisar y ajustar nuestras propias expectativas y creencias para que sean más realistas y acordes a nuestra situación actual.

A veces no es que no podamos cambiar, sino que el miedo no nos ha permitido imaginar alternativas.

Poner límites: un reto cuando hay figuras de autoridad

En algunos entornos laborales se combinan factores que favorecen el desgaste: la comunicación poco clara, las prioridades cambiantes, la alta carga emocional, la presión constante, las responsabilidades mal distribuidas, o la falta de reconocimiento, son solo algunos ejemplos. En estos contextos, la asertividad (o capacidad para expresar a otros/as nuestros derechos y necesidades) se vuelve fundamental para proteger nuestra salud mental.

Poner límites suele resultar difícil, especialmente cuando existe jerarquía. Todavía es más complicado si a lo largo de nuestra vida hemos aprendido a:

  • Aceptar tareas que no nos corresponden.
  • Decir “sí” cuando queremos decir “no”.
  • Responder mensajes de trabajo a cualquier hora.
  • Tolerar dinámicas dañinas.
  • Evitar expresar necesidades por miedo a ser percibidos/as como problemáticos/as.

Sin embargo, la asertividad no busca generar conflicto, sino todo lo contrario. Implica reconocer que nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro bienestar también son importantes. A veces implica elegir: qué asumimos, qué dejamos pasar y qué no estamos dispuestos a aguantar. Aunque pueda generar incomodidad, es un acto de amor propio y   constituye un aspecto fundamental para construir relaciones laborales basadas en el respeto mutuo.

Cuando el trabajo deja de sostenernos, es momento de escucharnos

No siempre es posible cambiar de trabajo inmediatamente ni transformar un entorno laboral complejo. Pero sí podemos empezar por escucharnos: identificar qué nos está afectando, qué necesitamos y qué aspectos están dentro de nuestro margen de acción.

A veces el cambio será pequeño. A veces será más grande. Pero siempre comienza con la honestidad hacia uno/a mismo/a.

¿Estás decidiendo tú o está decidiendo el miedo? ¿Qué parte de ti está guiando esta elección: la necesidad o la inseguridad? ¿Qué temes que ocurra si haces un cambio? ¿Qué temes que ocurra si no lo haces? ¿Qué información real tienes y cuál proviene de suposiciones o anticipaciones?

Si te reconoces en estas líneas, puede ser un buen momento para explorar qué te duele, qué necesitas y qué te gustaría recuperar de ti. Hablarlo, ponerle palabras y ordenar lo que sentimos suele ser un primer paso valioso.

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Psicóloga en Algemesí y online

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Sara Fernández, doctora en psicología, experta en psicología perinatal y en adaptación al cambio.

Referencias

Lovo, J. (2020). Síndrome de burnout: Un problema moderno. Entorno, (70), 110-120.

Quinceno, J. M. y Alpi, V. S. (2007). Burnout: Síndrome de quemarse en el trabajo. Acta Colombiana de Psicología, 10, 117-125.         [ Links ]

Saborío-Morales, L., & Hidalgo-Murillo, L. F. (2015). Síndrome de burnout. Medicina Legal de Costa Rica32(1), 119-124.

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